Artículo publicado en Colombia en 1976, después de la trágica muerte de la cantante española Cecilia
Tras conocerse el fatal accidente en el que perdiera la vida la cantante y compositora Cecilia, su nombre no se borra todavía de la memoria de sus miles de seguidores. Detallamos cómo fue ese accidente, con fotos hasta ahora desconocidas.

Esto quedó después de su muerte
Evangelina Sobredo, murió en la madrugada del lunes 2 de agosto de 1976. Acababa de actuar en la sala Olimpia, de la población de Vigo, y regresaba a Madrid en compañía de su baterista Carlos De Laiglesia, su guitarrista Carlos Vicello, y su pianista José Luis González. González conducía el vehículo, un Seat último modelo. A su lado iba Cecilia, y aproximadamente a las cinco y media de la mañana atravesaban la población de Colinas de Trasmonte, sobre la carretera nacional 620, de España.
Iban a alta velocidad. José Luis González, quien sufrió heridas de importancia pero no perdió la vida en el accidente, dice que sucedió más o menos así:
«Sólo sé que era de noche. Que el pueblo no estaba iluminado. Que el carro contra el que chocamos no llevaba señal luminosa alguna, y que me deslumbraban los coches que venían en dirección contraria. No pude evitarlo. No pude! «.
El carro del que habla José Luis, contra el que se estrellaron, era una carreta de tracción animal. Atravesaba la misma vía en dirección perpendicular a la que el automóvil llevaba.
El Seat fue a estrellarse contra la parte posterior de la carreta, sin dar tiempo al conductor para maniobrar, o siquiera para apercibirse de su presencia en el sitio. La carretera 620 es una vía para alta velocidad. Por lo tanto, el impacto fue grandísimo. Tanto, que el automóvil sólo vino a parar sesenta metros adelante. Cecilia y los otros dos ocupantes del vehículo venían dormidos. En el momento de la colisión salieron impelidos hacia el parabrisas del auto, cumpliendo con la ley física de la inercia. Cecilia murió inmediatamente, al igual que Carlos De Laiglesia, el baterista. José Luis González sufrió heridas de gravedad, que todavía hoy o tienen recluido en un hospital. Inexplicablemente, -por no decir que misteriosa-, el guitarrista Carlos Vicello no sufrió siquiera un
rasguño.

Esto fue lo que quedó de la carreta tirada por dos vacas, contra la que se estrelló el carro en que viajaba Cecilia.
El padre de Cecilia, embajador de España en Argelia, contrató un avión privado para ir a recoger el cadáver de su hija. Fue él quien hizo el reconocimiento legal de los restos, que además habían quedado completamente desfigurados e irreconocibles por el impacto. Los funerales de Cecilia y de Laiglesia se realizaron en Madrid al día siguiente. Todo el mundillo de la farándula española, sin excepción, se hizo presente. La madre de Cecilia no quiso siquiera mirar su cadáver. «Quiero conservar la imagen de mi hija viva. No deseo que nada me empañe su recuerdo», decía. Teddy Bautista (el Judas de la versión española de Jesucristo superestrella) fue el primer artista en llegar al sitio de los funerales, acompañado por Donna Hightower. Poco después llegó Julio Iglesias, quien tuvo que viajar desde Ibiza, en donde suspendió una semana de actuaciones que tenía pendiente.
Los féretros no fueron destapados. También sus amigos y toda la gente, prefirieron guardar de Cecilia el recuerdo que en Colombia nos dejó, y que «no debe ser empañado por nada».

Don José Ramón Sobredo Riobbo, y su esposa, los padres de Cecilia. En 1976 Él era embajador de España en Argelia, y contrató un avión especial cuando se enteró del accidente.
«Adiós Amor de Medianoche…»
Por: Henry Holguín
«Andar como un vagabundo, sin rumbo fijo sin meta, al soplo de veleta, al golpe del viento al azar, el caso es andar… el caso es andar…» Evangelina Sobredo, o Cecilia, como la conocíamos todos en lo profundo del alma, murió cumpliendo fielmente la letra de esta -la canción que ella más quería-, y que tituló «Andar» cuando apenas comenzaba a ser famosa.
-«Es tal vez la menos conocida de mis canciones y la que más me llega -nos dijo hace algunos meses, a quien ésto escribe y al fotógrafo Jairo Valencia- «Andar» es mi poesía, mi vida: ahí está descrito quién soy, qué hago, para qué vivo…» «Quiero ser peregrino, por los. caminos de España», termina diciendo esa canción que Cécilia escribió, como siempre, con el corazón tierno de romancera gitana, escondido entre las manos de poeta. Y como peregrina, Cecilia murió en uno de esos caminos de España, uniendo su trágico destino al de Nino Bravo. Y muchas lágrimas corrieron a lo largo de América. El autor de esta crónica tuvo oportunidad de ser amigo de Cecilia, a raíz de su reciente visita a se agolpan en la mente. Vamos a tratar de ordenarlos.

Frente a uno de los rascacielos bogotanos, Cecilia sonrió. Foto: Jairo Valencia.
UNA CHICA SENCILLA QUE AMABA LAS FLORES
La llamamos a su hotel una mañana radiante, cuando el Sol se deslizaba por las faldas de Monserrate. Nos puso cita para las 10; y a las 10 y 5, seguida por el «Tanno» Nossi, un famoso empresario argentino radicado en Bogotá, y por su agente, la acompañamos a desayunar en los bajos del Tequendama. Recordamos, ahora más que nunca, su rostro pecoso, sus grandes ojos negros y su boca fea, hombruna, que se volvía extrañamente tierna a cada sonrisa.
«Come poco, como un pajarito», nos dijo su empresario mientras ella tomaba media taza de té y unas tostadas. Sin embargo, estaba un poco gorda y esto la preocupaba: «No puedo usar ropa de mujer–nos confesó-, todo me queda mal… (Esa misma noche, sin embargo, para presentarse en televisión usó el smoking prestado por un camarero del Tequendama, y se veía casi hermosa.).
La acompañamos junto con Jairo Valencia al parque de la Independencia y allí tomamos algunas de las fotos que ilustran este reportaje-recuerdo. Y al terminar nuestro trabajo, cuando íbamos a retirarnos, tuvimos una sorpresa. -«Esperen -nos dijo aquella. vez Evangelina Sobredo- me gusta estar aquí, bajo este Sol, junto a los árboles. Hace tiempo que no podía quedarme un rato sin pensar en nada…»
Nos contó que había nacido en el mes de octubre, igual que Jairo Valencia y el autor de esta crónica, y al descubrir que los tres éramos Libra, nos sentimos más unidos. Conversamos largamente, y ahora, la voz ronca de Cecilia, sus frases, se abren paso en el cerebro para matizar los recuerdos:
«Amo la vida. Me gustan las flores, el vino y la compañía de unos buenos amigos. Amo el Sol y el prado verde. Amo la buena gente…» -«Lo que más me gusta es sentarme con mi gente, con mis amigos, y tocar en la guitarra canciones que nadie conoce…»

Cecilia y Henry Holguín en Bogotá. 1976.
-«Mi novio se llama Luis, hacemos música juntos y estamos muy compenetrados…»
-«Me encanta el buen vino y la ensalada de patatas…»
-«La vida social no me gusta. Nunca asisto a cocteles o reuniones…»
Ahora, todas estas frases, son sólo leves recuerdos que vienen a mi cerebro envueltos en la voz ronca que nunca más podré escuchar, como antes. Cecilia salió en la noche del domingo 1 de agosto, de Zamora, donde había actuado y tomó el rumbo de Madrid. Como siempre, viajaba de noche acompañada de sus cuatro músicos, en una pequeña furgoneta de propiedad del grupo. Antes de salir compraron manzanas para el camino. -«Andar como un peregrino, sin rumbo fijo y sin meta…»
A la altura de Benavente, a unos 150 kilómetros de Madrid, un camión encandelilló a Pablo, el conductor de la furgoneta. Sin embargo, logró esquivarlo, y cuando volvía la cabeza a comentar el incidente con Cecilia y sus compañeros, otro camión -este más grande- embistió al pequeño auto de los músicos de frente, convirtiéndolo en un montón de chatarra.
-«A soplo de veleta, al golpe del viento, al azar…»
Gritos, llanto, sangre. Los músicos, como locos, trataban de salir del carro. De pronto alguien descubrió el cuerpo quieto, tirado en el fondo del auto, en una posición forzada, y enredado en las cuerdas de su guitarra. «El caso es andar… el caso es andar…» Cecilia estaba muerta. Sus ojos quedaron abiertos y un hilo de sangre corrió por la comisura de sus labios.
Cinco minutos después, los teletipos de las agencias repiquetearon en todos los periódicos del mundo. Y la noticia se volvió dolor en nuestras manos.

Evangelina Sobredo, Cecilia. Memorias Más.
«ESPERO QUE SIGA BRILLANDO EL SOL…»
Pero volvamos con los recuerdos. Aquel día que hablamos con ella en Bogotá, aún estaba viva y hermosa. Era, y así lo dijimos en el reportaje, una mujer antes que nada. La acompañamos a hacer compras por la carrera séptima, y después la dejamos en su hotel. Pero ahí no terminó nuestra amistad. Desde hace cuatro meses, el autor de esta crónica ha recibido cuatro postales de Cecilia desde diversos lugares de España. La autora de «Un ramito de violetas» y «Amor de medianoche», no olvidó nuestra amistad. Su última postal, desde Bilbao y fechada en Junio 28, dice: «Actué anoche y me fue muy bien. Espero que todos estén ok allá en Colombia y que siga brillando el Sol. Tu amiga, Cecilia»
Ahora, cuando su cuerpo de pájaro rebelde se encuentra bajo la tierra madre de España. Ahora que las letras de sus canciones como «Dama Dama» o «Ser», cobran nueva fuerza, nuevo sentimiento bajo su recuerdo, queremos terminar este reportaje con la última frase, que nos dijo aquella vez, sonriente, cuando el Sol y la vida eran algo diario y normal para ella:
«Me gusta caminar: sentir el viento en la cara, el polvo en las espaldas, un poco de Sol adelante y buenos
recuerdos atrás. Y vivir el presente…» Adiós, amor de medianoche. Espero que allá arriba, alguien te regale cada nueve de noviembre y como siempre sin tarjeta, un pequeño ramo de violetas.